17 de Febrero

Hoy se cumple oficialmente un año del inicio de la revuelta que llevó a su fin al régimen de Muamar Gadafi. Fue el 17 de febrero de 2011 cuando “El Día de la Ira” le estalló en las narices al dictador y a su círculo íntimo, que aún soñaban con instaurar su dinastía en el continente africano y desoían los reclamos de libertad de su propio pueblo.

Quisiera felicitarlos, amigos libios, por lo que han logrado en el transcurso de este año: Pusieron fin a décadas de abuso de poder, nepotismo y corrupción. Por supuesto que algunos dirán “pero fue la OTAN la que derribó a Gadafi”, olvidándose de que fue el pueblo libio el que dio el primer paso, el que se sometió a los golpes de bastones primero y a las balas después para manifestar su hartazgo con lo que estaba pasando en el país.

Fueron ustedes, los libios, los que, al verse acorralados por las brigadas asesinas del autodenominado “Rey de reyes”, decidieron recurrir a las armas, sorprendiendo a sus opresores y al mundo entero.

No les importó la inicial desventaja en materia de pertrechos o de entrenamiento militar. “No tengo miedo de morir, temo perder la batalla”, fueron las inmortales palabras pronunciadas al mundo desde Bengasi por Mohammed Nabbou, la voz de la revolución que no se calló a pesar de que las balas de la dictadura lo asesinaron en los difíciles días de marzo.

“No tengo miedo de morir…” Cuántos de ustedes se habrán repetido esa frase para animarse a seguir avanzando, a pesar de la contraofensiva de las bandas mercenarias de Gadafi, a pesar de la propaganda de los pobres de espíritu- habituales amantes de las dictaduras- que ensuciaban la causa mostrándola como obra de una extraña conspiración que mezclaba espías occidentales e israelíes con extremistas islámicos y distribuidores de Nescafé… además de ratas y cucarachas.

Ustedes dieron el primer paso, y la historia demostrará que, en se momento, estaban solos. Los ojos del mundo, a través de las cámaras de los medios internacionales, estaban concentrados en otros puntos del mapa, algunos cercanos a Libia… pero Libia y su pueblo no estaban en el centro de la escena.

Ustedes obligaron a que los reflectores se concentren en su lucha, a pesar de los esfuerzos de muchos lobbystas asociados a los nefastos George W. Bush y Tony Blair, y a la vez empleados de Gadafi, quisieran evitar que el resto del mundo se interesara en lo que pasaba hace un año en las calles de Bengasi, Tobruk, Misrata, Zawiya, Zintan, y Al Baida, entre otras.

Muchos en Europa y América intentaron hacerse los distraídos, diciendo que todo se limitaba a una serie de manifestaciones a las que el sistema de seguridad libio se encargaría de acallar, para que todo volviera “a la normalidad”.

Pero no tuvieron en cuenta la resistencia que iban a ofrecer ustedes, mis amigos, esa resistencia terca que comenzó a sacudir las conciencias de la opinión pública mundial y que planteó en muchos la necesidad de hacer algo para torcer la balanza, al menos por una vez, a favor de un pueblo que lucha por recuperar las riendas de su destino.

La importancia de una fecha

Sin el 17 de febrero no habría existido el 17 de marzo, cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas decidió autorizar a tomar “todas las medidas necesarias” para detener la masacre que Gadafi estaba llevando adelante contra su propio pueblo.

Sin el 17 de febrero no habrían existido las gestas de los valientes de Zintan y las montañas occidentales- que libraron una guerra de guerrillas sin cuartel-, de los bravos de Zawiya- que no se dieron por vencidos ni aún vencidos-, ni de los héroes de Misrata- que resistieron el más feroz asedio de Gadafi-.

Todos ellos, a pesar de estar aislados del foco revolucionario de Bengasi, a pesar de haber sometidos a la más dura represión por parte de la elite del ejército gadafista, resistieron, lucharon y alcanzaron logros que ayudaron a que el régimen se desmoronara.

Sin el 17 de febrero tampoco existiría el 21 de agosto, la memorable fecha en que los revolucionarios procedentes de casi todos los frentes convergieron en Trípoli, la capital del país, que ya había sido abandonada por el dictador y su círculo íntimo.

Finalmente, sin el 17 de febrero no habría existido el 20 de octubre, el sangriento día en que Muamar Gadafi cosechó en carne propia todo el desprecio, la violencia y el odio que se había encargado de sembrar en las mentes y corazones de la gente durante sus más de cuarenta años de “reinado”.

Aprender del pasado para mejorar el futuro

A un año de aquel 17 de febrero de 2011 es bueno celebrar el inicio de la marcha hacia la libertad, pero también es sano y positivo recordar a todos aquellos que murieron o que sufrieron pérdidas a raíz de este conflicto que mantuvo en vilo al mundo.

Los que pusieron en juego sus vidas en esta lucha lo hicieron movidos por la idea de conseguir un destino mejor para sus compatriotas, muchos de los que cayeron se sacrificaron para dejar atrás el abuso de autoridad, las detenciones arbitrarias, la tortura, las desapariciones, el latrocinio y la poca transparencia.

Queda preguntarse, amigos, hasta qué punto ese sacrificio supremo es respetado y honrado por quienes sobrevivieron y tienen la obligación de reconstruir el país.

Ustedes, los libios, tienen una gran oportunidad de no repetir los errores del pasado. Pueden aprender de los padecimientos sufridos por otras naciones que, una vez lograda su libertad, se enfrascaron en espirales de revancha, persecusión y autoritarismo, que sólo consiguieron desviarlos de los ideales de libertad, igualdad, fraternidad y bienestar general que los movilizaron en un principio.

También pueden aprender de aquellos pueblos que al recuperar sus derechos decidieron curar las heridas, perdonar enemistades y crear conciencia de que el respeto por los derechos humanos de todos sus integrantes constituye la base sobre la que es posible reconstruir la unidad nacional.

Sinceramente, deseo de todo corazón que su país tome nota de la historia y asuma el camino que lo ayude a consolidar su destino como un estado justo y soberano.

Vaya un fuerte abrazo, amigos, en este primer aniversario, esperando que el próximo 17 de febrero lo puedan celebrar en un país regido por un gobierno elegido por la voluntad de su pueblo, y que las armas sólo se vean en los cuarteles, museos o desfiles.

Rubén Durán